Sacando motivaciones de “Tropas del Espacio”

Hacía tiempo que quería hacerme con una copia de esta novela, premio Nebula 1960, principalmente por la película de Paul Verhoeven, aunque sabía que había muchísimas diferencias. Me esperaba grandes cambios en la descripción del armamento (sorprendentemente, el libro es de los primeros que introducen el concepto de armaduras potenciadas y su uso en combate, algo que yo pensaba que era muy posterior y procedente del manga), pero no tantos en el tono de la narración.

Y es que si la película tiene ese tono irónico marca Verhoeven que te hace descojonarte con los anuncios superfachas de la Federación, lo que no me esperaba es que el libro fuera tan serio. No me extraña que se le suela tachar a Heinlein de ultraderechista (aunque luego resulte que no es así), no hay forma de distinguir en el libro si lo que se dice es en serio o es una sátira.

Para muestra un botón: Durante el libro el protagonista recuerda varias veces su clase de “historia y filosofía moral”, impartida por el profesor Dubois (en la película Michael Ironside):

La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria constituye el peor de los absurdos. Los que olvidan esta verdad básica siempre han pagado por ello con su vida y su libertad.”

Las gentes cumplidoras de la ley- nos había dicho Dubois – apenas se atrevían a ir a un parque público por la noche. Hacerlo suponía correr el riesgo de verse atacados por jóvenes salvajes armados […] y como mínimo resultar herido, robado con toda seguridad o quedar inválido de por vida. […] Yo había intentado imaginar que aquello ocurriera en nuestras escuelas, y sencillamente me había resultado imposible. Ni en nuestros parques. Un parque era un lugar para divertirse, no para que te atacaran. En cuanto a que te mataran en uno de ellos…

– Señor Dubois, ¿acaso no tenían policía? ¿Ni tribunales?
– Tenían mucha más policía que nosotros. Y más tribunales. Y todos sobrecargados de trabajo.
– Entonces no lo entiendo. Si un chico de nuestra ciudad hiciera algo semejante, él y su padre serían azotados uno junto a otro. Mas esas cosas no ocurrían ahora. Dubois me pidió entonces:

– Defina a un “delincuente juvenil”
– Pues… uno de esos chicos que solían pegar a la gente.
– Mal.
– ¿Cómo? Pero el libro dice…
– Discúlpeme. El texto lo dice así. Sin embargo, llamar rabo a una pata no hace que el nombre encaje. “Delincuente juvenil” es una contradicción de términos, que expresa la clave del problema y el fallo en resolverlo. […] (empieza una metáfora sobre cómo se educa a un cachorro: riñéndole, metiéndole el morro en la caca o el pis y pegándole, para que no vuelva a hacerlo)[…]

– Volvamos a esos criminales juveniles. Los peores eran algo más jóvenes que ustedes, los de esta clase, y con frecuencia habían empezado de niños su carrera fuera de la ley. No nos olvidemos de ese cachorro. Los chicos eran capturados a menudo. La policía los arrestaba a puñados a diario. ¿Les reñían? Sí, y a veces con severidad. ¿Les frotaban el morro en lo que habían hecho? Raras veces. La prensa y los organismos oficiales solían mantener sus nombres en secreto. En muchos lugares, así lo exigía la ley para los criminales menores de dieciocho años. ¿Les pegaban? ¡Por supuesto que no! A la mayoría no les habían pegado ni de niños. Había una teoría, y muy extendida, según la cual los golpes, o cualquier castigo que supusiera dolor, causaban al niño un daño psíquico permanente.[…]
[…] Esos delincuentes juveniles estaban en el nivel más bajo (de la escala moral).
Nacidos únicamente con el instinto de supervivencia, la moralidad más elevada a la que llegaban era una débil lealtad hacia los grupos de sus pares, las pandillas callejeras. Pero aquellos “empeñados en hacer el bien” intentaban “apelar a sus mejores instintos”, “llegar hasta ellos”, “prender la chispa de su sentido moral”. ¡Bobadas! Ellos no tenían “mejores instintos”; la experiencia les enseñaba que lo que hacían era su modo de sobrevivir. El cachorro jamás recibió su zurra; por tanto, lo que hacía con placer y con éxito debía de ser “moral”.
La base de toda moralidad es el deber, un concepto con la misma relación con respecto al grupo que el interés egoísta tiene con respecto al individuo. Nadie predicaba el deber a aquellos chicos de modo que pudieran entenderlo, es decir, con una zurra. No obstante, la sociedad en que vivían les hablaba constantemente de sus “derechos”. Y así los resultados hubieran podido predecirse, ya que un ser humano no tiene derechos naturales en absoluto. […]
[…] Los gamberros que asolaban las calles eran síntomas de una grave enfermedad: sus ciudadanos (todos eran ciudadanos entonces) glorificaron su mitología de los derechos… y se olvidaron por completo de sus deberes. Ninguna nación así constituída es capaz de perdurar.”

Más de uno puede pensar que este discurso está cargado de razón, y más hoy día cuando parece que estamos viviendo un incremento de la violencia en las calles y en los jóvenes… pero este pensamiento va contra todo lo que hoy día se refleja en nuestra Constitución: La gente tiene derechos naturales por el hecho de nacer, nuestro sistema judicial está hecho pensando en la rehabilitación y no en el puro castigo, etc etc.

Sin embargo es perfecto como punto de partida para la ideología de un justiciero violento, o para un supervillano con un deseo muy ambicioso: cambiar la política del país.

Y así, a lo tonto, planteamos conflictos morales de una forma práctica y damos una clase rápida de filosofía Nietzchista reconcentrada. ¿Quién dijo que con los juegos de rol no se aprenden cosas?

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